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La chica del tren. |
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Me siento como si hubiera sido virgen hasta este momento. |
| El tren llegaba tarde, en la estación mucha gente se
agrupaba impaciente delante de la vía. Estaba muy aburrido, fumando un
cigarro tras otro, entretenido observando a la gente a mi alrededor. Frente
a mí había un grupo de chicos con el pelo largo, que reían a voces, a mi
derecha un matrimonio extranjero que no se enteraba de porque el tren no
daba llegado, y a mi izquierda una pareja se despedía dándose un apasionado
beso. Ella no estaba mal, tenía un bonito cuerpo y una larguísimas piernas
muy bien resaltadas por una minifalda de tubo blanca. Suspiré porque fuera
ella la que subiera al tren, así iría entretenido durante el trayecto
perdiendo la mirada entre sus muslos. Sin embargo la suerte no estaba
conmigo y ella se fue, el que haría el viaje era su novio. Por fin llegó el
tren, la gente empujaba por entrar como si no fuese a haber sitio para todos;
yo me lo tomé con calma y encontré sitio en el vagón de fumadores. Me senté,
me quité el abrigo y me puse a leer. Al cabo de un rato me di cuenta de que
en mi mismo vagón iban los chicos de pelo largo y continuaban riendo
escandalosamente, además tenían una guitarra, con lo cual asumí que el viaje
iba a ser divertido. Empezaron a tocar canciones muy conocidas (Manu Chao,
Los Rodríguez, Los Beatles...) aunque versionando sus letras de manera
ingeniosa. Yo seguí leyendo mientras tarareaba alguna canción. En una
ocasión me sonreí ante la versión alternativa de una canción de Cecilia y
alcé la vista. Mi mirada se cruzó con la de una chica sentada en diagonal a
mí, que rápidamente desvió la mirada con timidez. La observé bien, parecía
algo más joven que yo, tendría unos 20 años, el pelo moreno y mojado (como
si se hubiese duchado antes de subir al tren), la piel clara con una mirada
entre tímida y traviesa, unos labios carnosos con una sonrisa bastante
inocente. Vestía una camisa roja, bastante ajustada y unos pantalones negros,
elásticos, de tela sintética. Seguí leyendo aunque de vez en cuando
levantaba la vista y la observaba. En múltiples ocasiones nuestras miradas
se cruzaron y ella se puso colorada. Al rato ella se quedó dormida. Seguí
observándola, ahora con más descaro ya que ella tenía los ojos cerrados. Sus
mejillas se sonrojaron y su boca se entreabrió mientras dormía, su
respiración comenzó a agitarse, bajo su camisa sus pechos se inflaban
rítmicamente y parecía que iban a saltar los botones. Tenía un pecho
bastante prominente, demasiado grande para aquella camisa. Comencé a darme
cuenta de que estaba teniendo algún sueño caliente, porque empezó a abrir
las piernas y a removerse con inquietud en el asiento, a medida que sus
mejillas se ponían del mismo color que su camisa. Nadie reparaba en ella, la
gente que no iba durmiendo atendía a las canciones de los chicos. Ella cada
vez se movía con mayor sensualidad, se mordía los labios y su lengua los
humedecía con frecuencia. Sus piernas cada vez estaban más abiertas y
comencé a darme cuenta de que los labios de su coño se abrían bajo la tela
ajustada. Mi cazadora sobre las piernas ocultó mi erección. De repente, la
chica se despertó, algo aturdida miró hacia los lados, consciente de que
podría haber estado llamando la atención y pareció tranquilizarse al ver que
nadie la mirada. Se incorporó y dirigió la vista hacia mí, yo le miré a los
ojos, y le sonreí con picardía. Se ruborizó intensamente, sin poder evitar
sonreír a su vez con la mirada clavada en el suelo. Se levantó y se dirigió
al lavabo y el pasar a mi lado me miró de reojo. Dentro de mi calentón
comencé a fantasear con entrar en el pequeño servicio y follármela allí,
recorrer sus pechos y su culo, pero en la realidad permanecí sentado, con
una tremenda erección bajo mis vaqueros. Cuando salió del baño, parecía más
tranquila, se había lavado la cara y se había refrescado su excitación.
Faltaba poco para llegar así que me incorporé y me puse el abrigo, me dirigí
a la puerta del vagón y vi que ella estaba justo delante de mí. La gente
empujaba y por fuerza tuvo que pegarme más a ella, estábamos emparedados
entre la muchedumbre sin apenas poder movernos. Mi cuerpo estaba a escasos
centímetros del suyo, percibía su olor a colonia fresca mezclado con el
propio de su piel. Por mi cabeza pasó la idea de acariciar su culo con
disimulo, pero no lo hice por miedo a una bofetada. Bajamos del tren a
trompicones, y apuré el paso para intentar coger un taxi antes de que no
hubiese ninguno. La chica iba justo delante de mí a un paso también apurado
y su culito se bamboleaba a un metro de mí, era realmente hermoso. Podía
distinguir claramente el triangulo de su tanga pegado a su piel. Al llegar a
la parada de taxis, quedaban unos pocos que iban siendo ocupados por los
viajeros que apurados se los disputaban. Me dirigí al último de ellos, pero
mis esperanzas se esfumaron cuando “mi chica” se adelantó y lo cogió. La
idea de tener que ir cargando con la maleta hasta mi casa me mataba, pero no
me quedaba más remedio, así que arranqué decidido a caminar cuando escuché
una voz que me decía “oye, ¿vas al centro?”. Me giré y vi que era la chica
del tren que me sonreía desde el asiento de atrás del vehículo. Realmente mi
casa no quedaba en el centro, pero la idea de estar a su lado fue más fuerte,
así que asentí y me subí al coche. Ella dijo su dirección al conductor y me
preguntó si yo vivía más lejos o más cerca. Me quedé bloqueado, no estoy
acostumbrado a mentir, así que titubeé y dijo “más o menos por donde vives
tú”. Permanecíamos callados, su pierna rozaba con la mía, ya que el tercer
asiento de atrás lo iba ocupando mi enorme mochila. Sentía mi corazón latir
con fuerzas, no podía dejar de pensar que estaba sentado al lado de una
desconocida que probablemente aún estuviera caliente del sueño que había
tenido. Notaba además como ella también estaba nerviosa y me miraba de reojo,
incluso la sorprendí espiando furtivamente mi paquete. El taxi llegó al
destino y yo también me bajé. Ella llevaba dos maletas grandes que parecían
ser bastante pesadas. Pagué al conductor y le dije a ella “Muchas gracias”.
Me sonrío y me iba a marchar cuando sin pensarlo dije “¿Quieres que te ayude
a subir las maletas?”. Su cara delató nerviosismo a la vez que sorpresa y
esbozando una sonrisa muy tímida dijo “Te lo agradecería, vivo en un cuarto
y no hay ascensor”. Cargué con sus dos maletas y con la mía, aquello pesaba
una barbaridad y las escaleras eran interminables. Ella iba delante de mí y
creo que de no ser por la magnifica vista de su culo que tenía, no habría
llegado arriba. Cuando por fin llegábamos a su puerta estaba extenuado. Ella
se dio cuenta ya que respiraba con dificultad, “tengo que dejar de fumar”
bromeé, y ella se rió abiertamente. Pensé que le caía simpático, lo cual
hizo que me sintiese bien, más seguro. Estaba a punto de despedirme cuando
me preguntó si quería tomar un vaso de agua o algo así. Yo, entre jadeos le
dije, “te lo agradecería, la verdad”. Entramos en el piso, era un
apartamento pequeño, un salón-cocina, un baño, una habitación y una pequeña
terraza que daba a la calle. Estaba decorado de forma muy sencilla, muy
femenino, con algún póster de cine en la pared. Dejé las maletas en la
habitación, al pie de la cama de matrimonio, lo que me hizo pensar que a lo
mejor vivía con su pareja. Ella me llevó al salón y me senté en el sofá
mientras ella fue a tras la barra a por un refresco. Me quedé absorto en un
cartel de una película “Persiguiendo a Amy”, era un de mis películas
favoritas y me alegró comprobar que compartíamos gustos. Volvió y me dio un
vaso y una lata. Me agradeció que le subiera las maletas, aunque yo le resté
importancia y empecé a hablar de la película. Ella era también una gran fan
de aquel director, así que estuvimos un buen rato hablando de cine. De golpe
me di cuenta de que no conocía ni su nombre, así que se lo pregunté. Se
llamaba Sandra, “yo me llamo Dani, encantado” respondí al tiempo que le daba
dos besos. Sentí como ella dudó ante el segundo beso, lo cual hizo que en
vez de en la mejilla se lo diera en la comisura de los labios. Los dos nos
quedamos un poco cortados. Ella rompió el silencio hablando nuevamente de la
película, en concreto de una escena donde dos personajes intercambian
anécdotas sexuales de lo más accidentado. Yo me reí, porque me encanta esa
escena y no sé muy bien cómo, acabamos hablando de sexo, de lo descarados
que eran los chicos normalmente o de cómo las tías provocan sin buscar nada
más. A raíz de esta conversación comprobé que no tenía pareja, con lo cual
me lancé un poco. Con picardía le dije que si era mucha curiosidad
preguntarle lo que había soñado en el tren. Ella se sonrojó mucho y sonrío
antes de taparse la cara con las manos. “¡Sabía que te habías dado cuenta!”
dijo, y después mirándome con muchísima picardía me dijo que le daba mucha
vergüenza. Le contesté que no importaba que sólo era curiosidad, ante lo
cual ella cambió de opinión, confiada de mi falta de maldad. Me contó lo que
había soñado, caminaba sola por un callejón de la zona vieja de la ciudad,
era de noche, llevaba puesto un vestido de verano corto, sin sujetador.
Apuró el paso, asustada, al escuchar ruidos detrás de ella y de reojo vio un
hombre corpulento que caminaba decido a pocos metros. Ella caminó más
deprisa, mirando hacia atrás de vez en vez, y de golpe chocó contra alguien.
Perdió el equilibrio y cayó al suelo. Levantó la vista y vio a otro hombre
que la miraba siniestramente, recorría su cuerpo con los ojos y casi podía
sentirlo en su piel. Se dio cuenta de que el vestido se le había subido y su
tanga quedaba a la vista. Se tapó como pudo e intentó incorporarse, pero el
hombre que tenía delante la cogió por el brazo y la llevó a un callejón.
Mientras el hombre la sujetaba con fuerza pudo sentir la piedra fría en su
espalda y ver como el segundo hombre se acercaba. Sintió como la mano fuerte
del primer hombre ascendía desde su rodilla hasta sus muslos, abriéndose
paso pese a su resistencia. Mientras, el segundo hombre sin mediar palabra
comenzó a manosear violentamente sus pechos y a besar su cuello dejando un
sendero de saliva. Podía sentir su aliento a alcohol y como bruscamente la
mano del otro hombre se adentraba en su ropa interior hasta romperla. Sus
gruesos dedos acariciaban toscamente su depilado pubis, haciendo surgir en
ella un sentimiento a medio camino entre dolor y placer. Mientras, sus
grandes pechos ya estaban al aire y el otro hombre los succionaba sin piedad.
Empezó a sentir como su coño se mojaba y como sus pechos se endurecían, no
podía evitarlo, empezó a respirar, a jadear intensamente, al tiempo que
sentía como dos dedos se abrían paso en su lubricada vagina. Sintió como el
calor se apoderaba de su cuerpo, como su corazón palpitaba, como su
excitación aumentaba al sentirse poseída por la fuerza... En ese momento interrumpió su narración, yo estaba completamente excitado y por desgracia ya no tenía mi cazadora para ocultar el enorme bulto que había entre mis piernas. Ella estaba también acalorada, estaba muy colorada y con disimulo, observé como sus pezones estaban duros como piedras. Con astucia puse una mano sobre su rodilla y le pregunté si estaba bien, y ella pegó un bote y me respondió que se sentía rara. Que no entendía como le podían excitar esos sueños, sentirse poseída por un extraño a la fuerza... En ese momento yo me abalancé sobre ella, mi excitación me superó y perdí el control, la besé apasionadamente en el cuello mientras mi mano derecha atrapó su pecho izquierdo. La recosté hacia atrás en el sofá mientras mis labios subía por su cuello hasta su oreja. Ella intentaba librarse, aunque puse mi rodilla entre sus piernas e impedía que se incorporase. Empecé a frotar su coño con mi rodilla y sentí como su cuerpo se estremecía, con mi boca busqué sus labios y ella me los negaba. Sin embargo a medida que frotaba más mi pierna contra su cuerpo, su resistencia disminuía, sentía como su cadera comenzaba a acompañar mis movimientos. Ella me decía, cada vez con menos convicción “¡Para! Esto no está bien”, pero yo seguía, la besaba sin parar y mi mano se abría paso dentro de su camisa atrapando un pecho por encima del sujetador. Por fin conseguí besarla en la boca y pronto su lengua buscó la mía dejándose llevar por el momento. La besé y mis labios fueron deslizándose cuello abajo, desbrochando botones y llenando su canalillo de caricias. Desabroché su sujetador y sus dos grandes pechos quedaron liberados de su negra armadura. Tenía unos pechos firmes y voluptuosos, y sus pezones incitaban al deseo con sólo mirarlos. Apreté sus pechos con mis manos y lamí lentamente sus pezones, deleitándome en lo que hacía. Ella cerró los ojos se mordió los labios y bajó sus manos hasta mi espalda. Proseguí mi descenso por su cuerpo quitándole del todo la camisa, besé su ombligo y desabroché su pantalón. Mis manos acariciaban su culo y fueron bajando la tela poco a poco, hasta dejarla solamente con su tanga negro. Besé la cara interna de sus muslos, haciéndome de rogar, rozaba con mis labios de pasada por encima de su ropa interior, pero luego besaba sus caderas o su vientre. Cada vez que hacía esto ella movía su pubis como suplicando que me decidiese ya. Entonces acerqué mi cara a la tela que escondía los labios hinchados y húmedos y me quedé respirando con fuerza a escasos milímetros. Ella comenzó a moverse con violencia y agarró con fuerza mi cabeza y me empujó contra su cuerpo, momento en el que su espalda se arqueó y soltó un sonoro gemido. Empecé a besarla apasionadamente, a recorrer todo el triangulo negro con mis labios y mi lengua. Ella se retorcía, suspiraba, gemía.... Con la mano agarré la tira de un lado y la rompí y repetí la operación con la otra tira. Su coñito quedó al descubierto ante mi boca. Estaba completamente mojada, los labios muy dilatados y desprendía un fuerte olor. Comencé a lamerla muy lentamente, recorriendo los surcos de sus labios con calma, saboreando su sexo. Ella apretaba los puños con fuerza agarrando los cojines y respiraba agitadamente. Después de relamer bien sus labios, subí hasta su clítoris y lo acaricié con la punta de mi lengua, muy despacio. Esto pareció gustarle pues comenzó a gemir más intensamente. Aumenté el ritmo y el contacto de mi lengua y empezó a respirar aún más rápido. Apreté con fuerza su culo y lo empujé hacia mí y moví mi lengua todo lo rápido que pude. Sentí como todo su cuerpo se tensaba, su espalda se arqueaba y su boca emitía un gemido intenso y largo, hasta que todo su cuerpo se desplomó nuevamente sobre el sofá. Permaneció estiraba de brazos y piernas como si no tuviesen vida, respirando agitadamente, recuperando el aliento. Mientras, yo liberé mi polla de su cárcel y estaba como una piedra, tenía la punta empapada en lubricante. Separé sus piernas, la agarré por la cadera y metí la punta en su coño. Casi me corro al sentir el calor y la humedad de su conejo, al sentir como resbalaba dentro de su cuerpo. Ella al sentirla abrió los ojos y suspiró “¡¡¡me vas a reventar!!!”. De un golpe la metí más al fondo, ella clavó sus uñas en mi culo y mordió mi cuello. Empecé a bambolear, sacándola mucho y metiéndola casi hasta el fondo, cada vez con más fuerza. Ella parecía disfrutar con eso, pues gemía nuevamente con fuerza en mi oído. Empujé todavía más y se la metí casi toda, ella se volvió loca y comenzó a arañar mi espalda. Esto me excitó aún más y, agarrando su culo se la metí toda y enterré mi cabeza entre sus pechos. Ella explotó otra vez en un orgasmo aún más intenso que el primero y yo casi me voy con ella, pero conseguí aguantarme por poco. Saqué la polla de entre sus piernas y estaba llena de restos blanquecinos de su vagina. Le di la vuelta y la puse a cuatro patas con los pechos sobre el asiento del sofá y las rodillas en el suelo. Agarré sus caderas con mis manos y se la clavé con fuerza, mientras ella mordía el cojín de placer. Veía como su trasero bailaba al ritmo de mis culadas y el sudor empapaba su espalda. Tenía la cabeza enterrada en el sofá y la movía de un lado a otro cubierta por una maraña de pelos. Sus gemidos eran descomunales, parecía como poseída. Agarré sus pechos y se la metí salvajemente, y acto seguido empezó a correrse otra vez. Era un orgasmo muy largo, no dejaba de gemir una y otra vez, la muy cabrona era multiórgasmica. Sentí que ya no podía aguantar más, exploté en su interior y llené su coño de leche, fui uno de los mejores orgasmos de mi vida. Caí desplomado sobre su cuerpo sudoroso, ambos respirábamos con dificultad, pero en nuestros labios había una permanente sonrisa de satisfacción. Alcancé mi cazadora y cogí dos cigarros, los encendí y le di uno a ella. Tumbados sobre el suelo, permanecimos un rato en silencio mirando el techo, hasta que ella dijo: “me siento como si hubiera sido virgen hasta ahora”. Me giré y la besé. Autor: fuertelibido |
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