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Viajar en metro es un gran placer. |
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Nunca antes había tenido una experiencia tan espontáneamente excitante en ninguna de mis numerosas aventuras por esos lugares públicos de perdición. |
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| Ocurrió ayer, en la estación de metro de Canillejas. Serían
las 10.45 de la mañana y me dirigía a mi lugar de trabajo. Como siempre,
eché un vistazo al andén para ver si había alguna atractiva criatura que
llamase mi atención y, de repente, mi vista se quedó clavada en una sinuosa
silueta de ébano, facciones caribeñas, cara preciosa, blusa escotada y
pantalones vaqueros acampanados. Mi vista se dirigió inmediatamente a sus
pies y creí adivinar (pues no se distinguía) algún tipo de calzado alto. La
mera idea de esa posibilidad ya despertó mi deseo. Sin pensármelo me dirigí
a su vagón con la esperanza de que se apoyase en alguna puerta. ¡Maldición!
Se ha sentado y no hay ningún asiento a su lado. Estira las piernas y deja
ver lo que parece ser unas preciosas botas de puntera fina. Me acerco a ella
y rozo mis espinillas con su puntera como consuelo. Para el tren en Pacífico
y no me lo pienso, me voy detrás de ella con la esperanza de poder disfrutar
de tan "delicioso manjar" en las escaleras mecánicas. Me cuesta un poco por
que hay mucha gente pero consigo colocarme detrás de ella, flexiono mis
rodillas, apoyo mi codo sobre la rodilla y mi mano queda a la altura de su
pie. Meto la mano por debajo del pantalón y, ¡¡Premio!! Un tacón vertiginoso,
cabía mi mano, lo agarro y cierro mi mano alrededor de él, todavía sobraba
un poco, adentro mi mano en su pantalón y acaricio su empeine, Uhummmmmm,
tacto suave, botas de piel, preciosas. ¡Lástima! Se acaba la diversión pero
hay dos tramos más de escaleras. ¡¡Mala suerte!! Se me mete un viejo delante
y no tengo forma de quitármelo de en medio, me dan ganas de meterle un
empujón. Total, fastidiada la diversión de las escaleras mecánicas, me
siento tentado de abandonar, cosa que hubiera lamentado enormemente. Se
dirige al andén dirección Congosto y yo detrás de ella, rogando que se apoye
en alguna de las puertas del vagón que no se abren. Me sonríe la suerte y se
apoya en una de las puertas. No me lo pienso dos veces y me agacho al lado
de ella, coloco mi maletín por delante para que no se vea nada y, tranquila
y pausadamente deslizo mi mano por su puntera, me recreo con ella luego me
arrastro hacia su tacón, lo palpo, meto mi mano por el, me cabe toda,
huuummmmmm, ¡qué alto es!, me recreo con él, lo recorro, subo por su talón y
tiro un poco del pantalón hacia arriba, arremangándolo un poco, ahora mi
mano rodea su bota por dentro del pantalón, ¿no es morboso?, ahora bajo por
delante de su bota y recorro todo su empeine. Su cara se refleja en el cristal de la puerta de enfrente, de vez en cuando la miro para ver su expresión y, nada. Decido ir más allá, arriesgarme más para que la situación sea más morbosa. Empiezo a acariciar y palpar su bota más en profundidad, de manera que ella lo sienta, parece que no se da cuenta pero una de las veces mira. Retiro mi mano como por resorte, pero después vuelvo a acariciar su puntera, ella sigue mirando y no hace nada. Miro al cristal y la veo sonriendo. Un escalofrío de placer recorre mi cuerpo y termina en mi entrepierna. Ahora, ya envalentonado, meto mi mano dentro de su pantalón y la subo por su bota, acaricio, palpo, casi saboreo toda ella, meto mi mano por detrás y toco también su bota izquierda, subo su pantalón por detrás y me recreo un poco con ella, miro al cristal de enfrente y sigue sonriéndose. Vuelvo a tocar su puntera y observo que la tiene levantada, mmmmmmmmmm, que excitante, meto mi mano por debajo, acaricio su suela, de repente me quedo paralizado, ha bajado la suela y me está pisando fuertemente, mientras me pisa acaricio su puntera. Hemos llegado a Tribunal y se baja. ¿Dónde iba a ir yo, empalmado como estaba, que no fuera detrás de ella? ¿Qué hago? ¿Dejo escapar una situación que promete? En estas ocasiones se piensa más con la entrepierna que con la cabeza, así que me acerco a ella y le pregunto si le ha gustado. Me contesta que sí que le ha parecido muy morboso y excitante y que ha hecho que se humedezca un poco. Le pregunto si le gusta que le acaricien y besen los pies y me dice que le encanta que, de vez en cuando, juega a eso con algún que otro amigo pero que nunca le había ocurrido algo parecido en un transporte público. Sigo hablando con ella con la esperanza de obtener un número de teléfono o una cita futura, cuando me veo sorprendido por una inesperada invitación: me pregunta si me gustaría seguir. Naturalmente contesto afirmativamente, sin pensarlo. Seguimos hablando sobre qué hacer y decidimos ir a tomar café a Zahara, en Gran Vía, pues suele estar bastante concurrida, además a los dos nos viene bien la zona. Ella iba de compras y yo trabajo por allí. Una vez en la cafetería, comprobamos que nadie se fija y se va ella al servicio, luego voy yo y espero su señal. Me avisa, entro y me meto con ella. El servicio tiene cierta amplitud, ella se ha quitado el pantalón y está cruzada de piernas con las botas puestas, lleva unas preciosas medias negras de encaje con ligueros (¡¡que ni hecho de encargo!!). Nada más entrar me arrodillo mientras la miro a la cara, sonríe, empiezo a acariciar sus botas, su puntera, su empeine, recorro toda la pierna, ahora me agacho y empiezo a lamerla, me introduzco toda la puntera en la boca, mientras, con la otra mano, acaricio su otra bota, me bajo por debajo y me introduzco el tacón, lo lamo todo el, me llega a la garganta de altas que son, acaricio todo su empeine y observo que ella se está introduciendo los dedos para masturbarse. Me pongo de rodillas y de repente veo rodeado mi cuello con un pañuelo azul celeste que llevaba ella al cuello, une mi cabeza a su bota mientras la estaba besando y me quedo ineludiblemente unido a su bota. ¿Será un juego, una exigencia? Por si acaso no pregunto, sigo acariciando la otra bota con mis manos, pero una de ellas se ve aprisionada por la otra bota, me la está pisando, ya solo me queda libre la mano derecha. Me la toma y me la dirige a su "Cueva del Placer". No tiene que decirme qué hacer, mi dedo busca y rebusca milímetros de placer, mi lengua no puede dejar de lamer la bota a la que está unida, mi entrepierna parece un volcán. Me quita el pañuelo, se sienta en el filo de la taza del váter coloca mi cara en "Su Gruta" y me preparo para "Arder en el Infierno del Placer", chupo y lamo con auténtica dedicación hasta que, por fin, mi improvisada compañera de juegos estalla en un clamor de lo más morboso, mmmmmmmmmmm, aaaaaaaaaggggghhhhhh, se acaba de correr. Me retiro, me limpio un poco la boca con papel higiénico y me tiro al suelo a sus pies, lamiendo, besando acariciando. De repente me empieza a pisar la entrepierna, la miro, sonríe y me corro estrepitosamente mientras sigo acariciando su otra bota. Uuuuuuuuuuuuufffffff, toda una experiencia. Nos recomponemos, salimos, la invito a café, charlamos sobre la experiencia y algunos que otros temas, le pido su número de teléfono pero no me lo da me dice que le de yo el mío y que me enviará algún mensaje para quedar en otro momento. Nos despedimos la mar de satisfechos de la eficiencia y variedad de servicios que ofrece el Metro de Madrid, jajajajajajajaj. Si te ha gustado mi relato escríbeme. Autor: perramispies |
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