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Con unas copas de vino encima.

 

Alejandro entró una y otra vez a su antojo, mientras yo percibía los murmullos y la música dentro del edificio

 

Ahí estaba Alejandro abrazándome por detrás, y yo con la pantaleta a la mitad de mis muslos, sus dedos jugueteando con mi vello púbico. No sabía yo cómo había sido él tan hábil o yo tan tonta para permitirle llegar hasta esa situación, siendo yo gerente de mercadotecnia de la empresa, y él un simple mensajero. Se suponía que no era tan fácil que alguien como él se abriera paso con tanta soltura con una mujer como yo, pero me daría cuenta de cuán equivocada estaba. Cuando asistí a esa cena para ejecutivos todo había transcurrido con normalidad. Había estado conversando con el Ingeniero Mendoza acerca de la nueva distribuidora que se iba a abrir en Ciudad Juárez, y posteriormente había platicado con Luis Xavier, el vice-presidente de la compañía sobre diversos aspectos, incluso me había preguntado sobre mi familia a quien conocía bien, sobre todo nuestra plática fue alrededor del tema de los niños, a raíz de que me preguntó sobre José Julio, mi hijo más chico, que tenía para entonces año y medio de haber nacido. Fue justo al terminar de conversar con Luis Xavier, me dirigía hacia el vestíbulo para buscar a mi amiga Julieta cuando me interceptó Alejandro, con una copa de vino en la mano mientras con la otra sostenía una para él. Yo acepté a platicar con él por cortesía y comenzamos a platicar sobre la organización del evento que había sido bastante exitosa por lo concurrido que estaba, y después comenzó a hacerme comentarios con mucho humor, cosa que hizo que me relajara, y después de su insistencia me tomé otras dos copas de vino tinto que me hicieron comenzar a perder el piso, por lo que él se ofreció a acompañarme a uno de los balcones del edificio colonial donde había sido la reunión, con el fin de que tomara un poco de aire fresco. Fue ahí que comenzó a hacerme bromas acerca de los comentarios que hacían en algunas ocasiones los vendedores, indicándome que les llamaba la atención porque últimamente yo usaba escotes con mucha frecuencia, y de que ellos apostaban qué días de la semana iba a ir vestida yo de esa manera. La verdad es que nunca he sentido que mis pechos sean demasiado grandes pero sí sé que su tamaño es mediano y que su firmeza llama la atención de algunas miradas, por lo que no me sorprendieron mucho estas noticias y por el contrario, me hicieron tomar las cosas con mucha risa, esto fue lo que aprovechó Alejandro, que en ocasiones rozaba mi cuerpo con sus brazos al acercarse a decirme cosas como en secreto, a pesar de que la fiesta transcurría en otro espacio, apenas nos dividían unas cortinas, pero en ese lugar nadie nos veía ni nos escuchaba. Yo me sentía segura en su compañía, tal vez porque él siem descubierta y solo unos tirantes ligeros Sentí su bigote y miré de reojo su cráneo brillante casi sin pelo pues él acostumbra casi raparse debido a lo escaso de su cabellera. Fue entonces que me di cuenta de la fuerza de sus brazos que me tenían por la cintura y me dejaban sin movimiento. Alejandro hizo otros comentarios y quise en ese momento despegarme de él pero sentí su mano izquierda bajar hasta mi muslo y después subirla lentamente por debajo de mi vestido. Me quedé un poco pasmada al hacer esto, y todavía más cuando sentí que su mano llegaba a mis calzones y se detenía. -Alejandro _ le dije- ...qué estás haciendo? -Ooo...usted relájese _ me respondió, mientras iba bajando su mano derecha, dirigiéndola a mi pubis que comenzaba a quedar descubierto ya que su mano izquierda bajaba lentamente el resorte de mi calzón. Me sentí un poco incómoda al percibirme yo tan vulnerable, y tal vez por eso no quise hacer ningún movimiento que me comprometiera. Alejandro pareció concentrar sus energías en comer la piel de mis hombros con sus labios, y se contentó hasta dejar mis calzones a la mitad de mis muslos, mientras los dedos de su mano derecha sentían mi vello púbico y jugaba con enredarlos haciendo círculos. Me sentí ridícula en esa situación. Fue hasta entonces cuando me di cuenta de que había dejado que un mensajero me bajara los calzones y llegara hasta mi zona púbica. Por qué le había dejado hacer eso? A pesar de mi confusión, decidí darle oportunidad de satisfacer sus instintos con esas caricias. Pensando que tal vez eso era todo lo que él pretendía, era mejor dejarlo en lugar de hacer un escándalo. Alejandro continuó con lengüetazas en mis hombros y espalda, y esa situación tan incómoda hizo que comenzara a sentir húmeda mi vagina. Estiré un poco mi cuerpo que solamente consiguió hacer que me acomodara entre sus brazos. Fue entonces cuando escuché el sonido de su cierre bajarse lentamente. Esto me inquietó un poco. Parecía el asunto se estaba saliendo de control y yo tenía que tomar acciones. Bajé mi mano derecha y la coloqué entre mis glúteos, con la finalidad de cerrar el libre acceso hacia mi vagina, pero al hacerlo también rocé inevitablemente su miembro, por lo que decidí sujetarlo para tomar control de él para desviarlo del camino que se marcaba naturalmente entre mis glúteos. Lo moví sobre mis nalgas, mientras el fluido preeyaculatorio dibujaba sobre mi piel, esto hizo que se deslizara con mayor libertad y esto pareció darle placer a Alejandro. Su respiración comenzó a cortarse y él empezó a emitir gemidos de excitación, y comenzó a bombear sus caderas, por lo que finalmente consiguió ensartar su miembro palpitante entre mis nalgas, dirigiendo la punta de su verga hacia mi espalda, con su mano derecha él parecía querer arrancar los pelos alrededor de mi vagina, por lo que le supliqué que fuera un poco más suave, sin embargo, él comenzó a bombear como un animal hasta que sentí un chorro caliente en mi cóxis. Yo lo recibí sin oponer resistencia. Supuse que eso sería todo, por lo que atrapé con mis nalgas a su excitado pene, que poco a poco perdía su rigidez, moví mis caderas para darle satisfacción. Esto resultó contraproducente, pues rápidamente comencé a sentir que recuperaba el pedazo de carne que parecía tener independencia del cuerpo de Alejandro y comenzó a buscar nuevamente la manera de escurrirse entre mis carnes. Mi respiración estaba agitada, mi comport hacía paso por entre mis nalgas. Mi vagina estaba húmeda, por lo que la sentí entrar sin ninguna resistencia. Justo al momento que entró mis piernas se abrieron automáticamente para permitirle la acometida, por lo que yo misma me sorprendí. Alejandro comenzó entonces a bombearme por atrás, mientras que colocó sus manos en mis caderas e hizo que me inclinara. Tuve que apoyarme en el balcón para no caerme, mientras tenía el trasero elevado. Alejandro entró una y otra vez a su antojo, mientras yo percibía los murmullos y la música dentro del edificio, donde se celebraba la cena con toda normalidad. Alejandro se dio gusto, permanecí completamente pasiva, aceptando cada uno de sus movimientos, él pudo explorar todos mis rincones. Mi vello púbico lo sentí empapado de fluidos, dirigí una de mis manos para separar mis labios exteriores, para permitirle mayor libertad de acción. Fue entonces cuando comencé a sentir que los movimientos se hacían más fuertes y rápidos. Sus acometidas eran descontroladas, y sentí cómo me venía en un explosivo orgasmo. Alcancé a morder mis labios para no decir nada, para no decirle que me encantaba sentirlo dentro de mí y que me estaba volviendo loca. Solamente me sumí en una explosión de placer, que antecedió a su venida en mi interior, cerrando con broche de oro. Alejandro siguió haciendo movimientos dentro de mí hasta que descargó la última gota de su blanco néctar, mientras yo, inclinada hacia abajo, vi cómo el fluido escurría por dentro de mis muslos. Permanecí en aquella posición por unos dos minutos y después me incorporé, mientras él me tenía tomada por la cintura, no con la fuerza de antes, sino con delicadeza, subí mis pantaletas mientras me giraba para mirar a la cara a mi verdugo. Ahí estaba él, acariciándose la verga empapada, mirándome con cara de satisfacción, agotado. -Alejandro, no vuelvas a propasarte, eh? _ le dije en tono irónico. Sabíamos ambos que no hubiera ocurrido nada si no lo hubiera permitido yo. Me retiré, lo dejé ahí, sentado en el balcón, seguramente se habrá masturbado pensando en lo que acababa de ocurrir. Me incorporé a la fiesta nuevamente. Con algunas copas de vino encima no me importó que en la falda de mi vestido se notara una pequeña mancha de semen, nadie debió notarlo, y si así fue, ni modo. Acababa de pasar un rato muy agradable. El resto de la fiesta no sé qué se hizo Alejandro, la verdad es que me ocupé conversando con otras personas, no lo busqué, no sé si porque me sentía avergonzada de haberle permitido llegar hasta ahí conmigo, o porque si me lo hubiera encontrado tal vez me hubiera convencido fácilmente de ir de nuevo al balcón aquél.

Autor: Susyfour

 

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