A mi novia le gusta mostrar su culito VII.

 

Uno de los médicos se acostó boca arriba y la subió a Marcela encima y empezó a darle por la concha, el otro se puso detrás y la ensartó por el culo, los tres gritaban y gemían

 
Hola a todos. La verdad es que estaba decidido a no escribir más sobre las aventuras de mi novia, no es que no hayan pasado cosas en este último tiempo, al contrario, sino que ya me da vergüenza contarles que Marcela tenga cada vez más ganas de mostrarles la cola a desconocidos, sea donde sea y en cualquier situación. A través de muchos mail que me llegaron se referían a mi señora como una gran puta. Estoy en desacuerdo con eso. Marcela tiene un vicio, como fumar o apostar. A ella la excita terriblemente que los hombres le miren la colita. Todo lo que pasa después es debido a su gran calentura, así que no es para juzgarla. También he recibido correos muy agradables pidiéndome por favor que siga relatándoles historias vividas, así que en agradecimiento a todos ellos decidí contarles una de las últimas que nos ha pasado. Hace una semana llegué a mi casa de la oficina con un gran malestar estomacal. Tenía un gran dolor en la boca del estómago, por lo que enseguida me metí en la cama y le pedí a Marcela que llamara al médico de nuestra obra social. Ella muy preocupada lo hizo y les pidió que viniera lo más pronto posible, luego se acostó a mi lado y comenzó a masajearme suavemente el estómago. Estuvo así un rato hasta que empecé a sentir que el dolor se calmaba. No solamente ello, con sus caricias que llegaban casi a tocar mi pene, me empecé a excitar. Marcela al ver como se me ponía dura la pija, la tomó con una mano y comenzó a pajearme lentamente. - ¿Parece que ya no te duele mucho?, me preguntó sonriendo. - No la verdad que tus masajes me hicieron bien, le respondí. - Ya veo, dijo mientras me masturbaba con más rapidez ya mi completamente parado pene. - Sabes que hoy en el metro un viejo atorrante estuvo todo el viaje tocándome la colita, prosiguió, sabiendo que cuando me contaba esas cosas me ponía a mil. - ¿Y a vos te gustó?, le pregunté, ya sabiendo la respuesta. - Vos sabes como me pone ver que se calientan con mi cola, estuve todo el día excitada, me contestó, mientras llevaba una mano a la entrepierna. - ¿Te hubiera gustado entregarle el culo al viejo? - Huyyyy si, me hubiese encantado, me respondió mientras se ponía en cuatro apuntando su culo hacia mí, se levantó la pollerita, corrió la tanga y se metió un dedo en la cola. Yo empecé a pajearme mientras ella con una mano se masturbaba y con la otra metía y sacaba un dedo de su hermoso culo. De pronto sonó el timbre de la puerta de casa. - El medico, dije yo. Marcela estaba que explotaba, ni me escuchó, segu sentó en la cama a mi lado, mientras el otro se quedó parado al lado de mi señora a la cual no le sacaba los ojos de encima. Les mostré la zona donde me dolía y les comenté que en ese momento ya estaba mejor, que el dolor había calmado bastante. El médico que estaba sentado comenzó a examinarme y cada vez que se daba vuelta para hablar con mi señora, disimuladamente dirigía su mirada a sus piernas y a algo más, ya que desde la posición que estaba ubicado seguramente podía verle hasta la tanga. Marcela, que llevaba una calentura de aquellas, se dio cuenta y abrió un poco más las piernas para ofrecerle una mejor vista. El más joven que había visto el movimiento de Marcela, se sentó también en la cama y casi sin disimulo comenzó a mirar las piernas de mi novia, que ya a esta altura mostraba en su cara gestos de una gran excitación. Luego de revisarme el mayor me diagnosticó una inflamación en los intestinos, producto seguramente de algo que había comido. Pero para estar seguro me pidió permiso para tomarme la temperatura rectal, a lo cual accedí. Me di vuelta me bajé el bóxer y luego de untarlo con un poco con vaselina me introdujo el termómetro en el ano, que por suerte era bastante finito, así que casi no lo noté. Mientras esperaba boca abajo a que me sacaran el termómetro, escuché como el mayor se dirigía a mi señora. - ¿Anoche cenaron juntos? - Si doctor, respondió ella. - ¿Y usted no ha tenido ningún malestar? - Por ahora no, contestó Marcela. En ese momento el doctor me retiró el termómetro de mi ano y al ver que tenía unas líneas de fiebre, prosiguió. - Su marido tiene un poco de temperatura y esto se debe seguramente a una intoxicación por algo que comieron anoche, así que sería conveniente que ya que estamos acá también la revisáramos a usted. - ¿Le parece necesario doctor?, le pregunté. - Si, muy necesario, me respondió mientras miraba a Marcela de arriba a abajo con cara de deseo. Era evidente que lo único que querían era revisar a mi señora para toquetearla un poco. Esto lejos de enojarme, comenzó a excitarme. No solo a mí, al mirar a Marcela, noté que ella también se había dado cuenta y se notaba en su cara que eso le había gustado. - ¿Mi amor, me dejas que me revisen los doctores?, me preguntó. - Si vos querés, le respondí. Los médicos se miraron entre ellos mientras se levantaban de la cama para dejarle lugar para que se acostara ella. Marcela se sentó en la cama apoyando la espalda en la cabecera de esta y los doctores se sentaron en el borde al lado de ella. No podían sacar los ojos de las piernas de mi señora, que debido a la posición que se encontraba ya mostraba hasta los muslos. - Levántese un poco la remerita, le pidió el más viejo. Marcela lo hizo dejando su pancita al aire. El medico comenzó a tocarle el estómago y a preguntarle si le dolía. Ella respondía que no y el cambiaba la mano de lugar y le volvía a preguntar. En un momento los dedos de la mano habían bajado hacia la ingle de Marcela y la masajeaba a su gusto. Se notaba que esos movimientos a ella la habían puesto a mil. - Señora, por favor desabróchese y bájese un poquito la pollera, así la podemos examinar mejor, le dijo el doctor. - ¿Así está bien doctor? Le preguntó Marcela que se había bajado la pollera unos centímetros y mostraba los dos hilitos negros del costado de su tanga. - Doctor, permítame a mí, le dijo el otro poder hablar de la calentura que tenía. Marcela se sacó la remera y dejó al aire sus hermosas tetitas con sus pezones bien erectos a causa de la excitación. Esto no pasó desapercibido para los doctores que se miraron entre si e inmediatamente uno de ellos con el estetoscopio comenzó a oscultarla, pasándoselo por todo el pecho, inclusive sobre las tetas muy cerca de los pezones. Así se turnaron y estuvieron un rato. Ninguno de los dos ya podía disimular la erección que se les marcaba debajo de sus ambos blancos. - Bueno señora, por favor, póngase cola para arriba y levántese la pollerita que le voy a tomar la temperatura rectal. Dijo el más zarpado. - ¿Amor, me dejas darle la colita a los doctores para que me pongan el termómetro?Yo asentí con la cabeza, ya no podía hablar, lo único que quería era sacar la pija y hacerme flor de paja. Marcela se dio vuelta, y se levantó un poco la pollera dejando medio culito al descubierto. - ¿Está bien así doctor? - Levántesela un poco más, o no, ya que a su marido no le molesta, mejor sáquesela, así podremos trabajar mejor, respondió el mayor. Marcela levantó un poco la cola y se sacó la pollera, quedando cola para arriba vestida solamente con la tanguita negra y un par de soquetes blancos. - ¿No esta más cómoda así?, preguntó el más joven, sin poder sacar los ojos de ese fabuloso culo. - Si doctor, respondió ella, casi inaudible debido a su terrible calentura. No era para menos. Otra vez había logrado exhibir su colita casi desnuda a dos desconocidos, cosa que era lo que más la excitaba. Yo a esta altura de las circunstancias miraba la escena tocándome por debajo de la sábana deseando que ello no terminara nunca. - Por favor levante un poco la cola señora, le pidió uno, mientras sacaba el termómetro de un maletín. Marcela arqueó la espalda y levantó el culo, dando una vista impresionante a los médicos, que ya sin disimulo se tocaban sus miembros totalmente erectos por encima del pantalón. - Permiso señor, voy a correrle la bombachita a su señora, me dijo el que estaba con el termómetro en la mano y sin darme ninguna oportunidad a que se lo prohibiera. Tomó la tanga por uno de sus lados y la corrió, dejando a la vista el hoyito y la vagina de Marcela. Untó el termómetro con un poco de vaselina y se lo introdujo en su ano. Un gemido salió de la boca de Marcela. - Le duele señora, le preguntó el médico mientras metía y sacaba despacito el termómetro de su culo. - No doctor, la verdad que ni lo siento, contestó ella hamacándose suavemente al ritmo del mete y saca del médico. - Ya me parecía, lo que pasa que este termómetro en muy finito y usted tiene la colita muy abierta, así que no va a funcionar, dijo el más joven ya totalmente fuera de control. - Si a su marido no le molesta vamos a tener que controlarle la temperatura con el tacto, continuó. - Mi amor, lo dejas a los doctores que me tomen la temperatura de la colita con tacto, me preguntó Marcela, mientras me miraba y se mordía el labio inferior. - Adelante doctor, dije yo. El médico más joven apoyó una mano en un cachete de la cola y comenzó a introducir el dedo mayor de la otra mano en el hoyito de Marcela. No tengo que contarles como entró. Hasta los doctores se sorprendieron. Mi señora pegó un gritito de placer, lo que hizo que el tipo metiera y sacara el dedo a un ritmo infernal, mientras ella se contorsionaba al ritmo. - Me parece que su señora tiene fiebre en la cola medias. Ella se puso de rodillas, abrió un poco las piernas y les ofreció una hermosa vista de su colita. - Muy bien señor, ahora por favor salga de la cama, siéntese ahí y déjenos trabajar tranquilos, me dijo el más joven señalando una silla. Yo obedecí. Me senté frente a la cama, esperando ver nuevamente como dos tipos iban a romperle el culo a mi señora. - Permiso señor, nos vamos a desnudar para poder trabajar más cómodos, dijo uno, mientras se sacaban la ropa. Cuando los dos estuvieron completamente desnudos, subieron a la cama y se ubicaron de rodillas, uno a cada lado de la cola de Marcela. Estaban con sus miembros totalmente erectos y eran bastantes grandes, especialmente el del más joven que mediría por lo menos 5 cms. de grosor. Mientras uno le acariciaba la raya del culo, el otro le manoseaba las tetas. - La verdad que su señora tiene una colita preciosa, lástima que este enfermita de fiebre, me dijo el que le pasaba la mano por el culo. - Pero no se haga problema nosotros la vamos a curar, dijo el otro, mientras le tocaba la conchita. Marcela no hacía otra cosa que moverse y gemir. - Bueno señora vamos a empezar, si le duele nos avisa, dijo el más viejo mientras se ponía detrás de Marcela y le insertaba el miembro en la vagina. - Ahhhhh, se escuchó de boca de ella. - ¿Le duele?, le preguntó el que le estaba dando. ¿Quiere que la saque? - No, por favor, siga doctor. Siga, siga, siga, gritaba Marcela - Doctor, porque no le pone algo en la boca para que no grite tanto, le pidió al colega. Este se dirigió a la cabecera de la cama y le refregó el miembro por la cara. Ella lo tomó con una mano y comenzó a lamerlo con desesperación. Así estuvieron un rato. Los médicos me miraban y me decían que mi señora tenía una conchita y una boquita muy lindas. - ¿Y la colita que les parece?, les pregunté yo, que me pajeaba frenéticamente viendo la escena. - Señora, me parece que a su marido le gustaría ver como nos entrega la colita, dijo el que tenía el miembro en su boca. - La verdad que tiene una colita hermosa, dijo el otro que había sacado el miembro de su concha y me mostraba como le entraban sus dos dedos en el culo de Marcela. - Venga doctor, la señora ya tiene la colita bien abierta. Muéstrele al marido como le hace el tratamiento anal, prosiguió. El colega sacó su verga de la boca, se arrodilló delante del culo de Marcela y puso su terrible pedazo de carne en la entrada del hoyito. Ella empujaba para atrás y refregaba su cola con desesperación en el miembro del médico. - Dígale a su marido que me pida por favor que se la meta, le exigió. Marcela dio vuelta la cara, me miró, pero no pudo decir nada. Yo sabía lo que ella quería así que no la hice esperar. - Doctor, por favor muéstreme como le rompe la colita a mi señora, dije. Estas palabras hicieron que ella tuviera un orgasmo bestial. A los médicos se les pusieron las pijas como dos estacas. Uno se acostó boca arriba y la subió a Marcela encima y empezó a darle por la concha, el otro se puso detrás y la ensartó por el culo. Los tres gritaban y gemían. Me decían que la iban a llenar de leche, que esa era la única forma para que se le vaya la fiebre. Marcela tenía un orgasmo tras otro. Yo iba por mi segundo polvo. Cambiaron posiciones y siguieron hasta que los dos explotaron dentro de ella.
 

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